La cultura como sistema semiótico: una redefinición de la idea de cultura desde la perspectiva sistemista

Andreas Pickel*



Resumen

Este trabajo integra bajo el sistemismo de Mario Bunge una concepción más amplia de la idea de cultura. Al considerar cualquier sistema semiótico como un sistema de símbolos que abarca también a sus usuarios, y cada cultura como un sistema semiótico, esta propuesta posibilita una asociación entre sistemas de símbolos inmateriales y aquellos con una base socio-material mediante una formulación que no es netamente material ni conceptual sino que combina elementos de ambos. El objetivo es plantear una ontología de la cultura más consistente con el materialismo emergentista, que sirva además para integrarla en las ciencias sociales.

crs. 2018 Sep ; 13(25)
doi: 10.28965/2018-25-01

Keywords: Palabras clave: cultura, semiótica, sistemismo, ciencias sociales.
Keywords: Keywords: culture, semiotics, systemism, social sciences.

El porqué de los sistemas semióticos

Este trabajo reformula en clave sistemista la problemática entre cultura y sociedad. El debate que esta ha generado en las ciencias sociales es complejo, controvertido y a menudo conceptualmente impreciso. Según algunos planteamientos el concepto de cultura lo es todo, mientras que otros le niegan cualquier validez; a caballo entre unos y otros existe un amplio abanico de propuestas de variado interés y proyección. ¿De qué manera debe, pues, plantearse la idea de cultura en la perspectiva sistemista? ¿Bien visto, por qué debería? Muchas de sus cuestiones fundamentales pueden ser conceptualizadas al margen de la perspectiva sistemista propuesta en este trabajo. De constituir el concepto de cultura bajo una ontología real y materialista, su estudio pasaría inmediatamente a formar parte del ejercicio científico; claro que ¿cómo puede una conceptualización seria de cultura como idea, narrativa, guión, esquema o repertorio, caracterizada por su incidencia real en la vida social, ser desarrollada mediante una ontología que es anticonstructivista (realista) y anticonceptualista (materialista)? Tras casi dos décadas tratando de aplicar la filosofía sistemista de Mario Bunge en varios contextos explicativos, particularmente en el sociológico y en el campo de la economía política de cultura nacional, he conseguido encauzarla en términos más prácticos (Pickel, 2003, 2004b, 2013).

El concepto de cultura juega un papel central en el sistemismo de Bunge (1981, 1996, 1998) pero considero su concepción “sociológica”, que contrasta a su vez con otra antropológica muy amplia, demasiado limitada. Su estudio en el ámbito académico ha alcanzado en las últimas dos décadas logros significativos sin recurrir a supuestos filosóficos comunes ni a marcos de trabajo explícitos; se han ofrecido en lugar de estos una serie de conceptos dirigidos a facilitar el estudio empírico de las dimensiones esenciales de la idea de cultura: la cultura como práctica (Bordieu, 1990; Lizardo 2011), la cultura como marco (DiMaggio, 1997), la cultura como narrativa (Franzosi 1998; Wierzbicka 2010c), la cultura como capital cultural (Bourdieu, 1990, 1991; Lizardo 2005), la cultura como esquema (Nishida, Hammer y Wiseman, 1998), repertorios culturales (Swindler, 2001), guiones culturales (Goddard y Wierzbicka, 2004), ideoculturas (Fine, 2012), culturas organizativas (Morrill, 2008), la cultura como discurso (Schmidt, 2008), imaginarios colectivos (Taylor, 2004) y representaciones sociales (Jodelet, 2008), entre otros. Como apuntan Lamont y Small:

Readers will note that we have not defined “culture,” at least not explicitly. We have taken this approach because the literature has produced multiple definitions, and consensus is unlikely to emerge soon. Given this state of affairs, the best approach is a pragmatic one. Today, many cultural sociologists have examined empirical conditions using specific and (often) well-defined concepts, such as frames or narratives, that in one way or another are recognizable as “cultural.”

Sin abandonar los postulados sistemistas (Pickel, 2004a; 2006; 2007b), este trabajo rehúye la vía más pragmática y propone en cambio elementos esenciales para la fundamentación filosófica del concepto de cultura.

La concepción de cultura de Bunge como un subsistema social más no termina de dar cabida a la centralidad que desde las ciencias sociales muchos interesados en su función le adjudican. Al contrario de Bunge, este trabajo postula que las culturas no deberían ser consideradas como un tipo de sistema social específico cuya dinámica crea y reproduce cultura tal y como ocurre con las instituciones científicas, educativas o artísticas. Una concepción sistemista de la cultura debería incluir todos los lenguajes y códigos, sean estos naturales o artificiales, usados en todos los sistemas sociales y no únicamente en los llamados sistemas culturales.

Para Bunge, en la medida en que reseñamos culturas económicas, políticas u organizativas donde la idea de cultura es omnipresente, una utilización tan amplia abocaría a problemas conceptuales. Uno de sus argumentos defiende que de referirnos a la idea de cultura en un sentido tan vasto, quedaríamos expuestos a paradojas tales como hablar de una cultura de la cultura y perderíamos de vista el planteamiento conceptual original. Claro está que algunos sistemas culturales, como las universidades, no solo crean y reproducen determinados productos y prácticas culturales, sino que poseen en sí mismos culturas, en el sentido más amplio de la palabra, que además comparten con otras instituciones políticas y económicas. Desde un punto de vista conceptual no parece que estos casos constituyan un obstáculo infranqueable. Debería ser posible pues desarrollar e implementar una concepción amplia de cultura capaz de adscribirse al sistemismo de Bunge y a su fundamento en una ontología entendible y explícita. Esta última formulación representa la meta de este trabajo.

El sistemismo propuesto por Bunge define el mundo como un sistema compuesto por sistemas. El sistemismo es materialista, pero propugna un materialismo emergentista; según este, mientras que cada sistema real y concreto (desde los átomos a las sociedades) es material o físico, muchos de aquellos sistemas materiales no lo son con exclusividad; son sistemas químicos o biológicos, o sistemas sociales, cada uno constitutivo de una capa adicional de propiedades emergentes particulares e irreductibles. Los sistemas sociales humanos desarrollan lenguajes, pero ante todo, lenguajes naturales -la categoría fundamental de cualquier sistema semiótico-. Además de estos lenguajes naturales existen multitud de lenguajes artificiales: sistemas simbólicos como las religiones, la escritura, las instrucciones técnicas y las culturas organizativas. Los sistemas simbólicos son conceptuales y como tales, inmateriales, pero conforman sistemas reales a través de sus usuarios. Estos sistemas simbólicos y las personas que los perpetuán son llamados sistemas semióticos (Bunge, 2003). Los sistemas semióticos son por tanto combinaciones de lo material y lo simbólico, de sistemas reales y sistemas conceptuales. Esta definición básica constituye la base de mi propuesta para una conceptualización sistemista de la idea de cultura -la cultura como sistema semiótico-.

¿Qué son los sistemas semióticos?

Los sistemas sociales son sistemas compuestos por animales gregarios, particular pero no exclusivamente seres humanos (Bunge, 2003). Los sistemas semióticos son combinaciones de sistemas simbólicos junto a otros materiales; más concretamente: los sistemas semióticos son sistemas simbólicos en conjunción con sus usuarios.

De acuerdo a la ontología sistemista todos los sistemas, sean estos materiales o conceptuales, naturales o artificiales, se definen con base en su propia composición, entorno y estructura; por tanto, los sistemas simbólicos están formados por símbolos (palabras, notas musicales, imágenes), su contexto simbólico (el marco de referencia donde son interpretados) y las relaciones establecidas entre sus símbolos, o dicho de otra manera, su estructura (las normas que rigen su ordenamiento). Además de su composición, entorno y estructura, los sistemas materiales poseen mecanismos, que definimos como los procesos reales o materiales que permiten su funcionamiento. En el caso de los sistemas simbólicos estos procesos materiales no llegan a producirse puesto que más que naturales, estos sistemas son de naturaleza conceptual y como tales, son construidos. Se originan en sistemas biopsicosociales construidos por el hombre, si bien su construcción no sea necesariamente producto de la planificación. Una vez creados como artefactos pueden ser utilizados o amplificados por cualquiera capaz de aprender el funcionamiento del sistema simbólico al que pertenecen. Si carece de los usuarios con este conocimiento el sistema simbólico en cuestión deja de existir, muriendo incluso si sus operativos materiales (la piedra, el papel o el dispositivo utilizados) les sobreviven. De esta manera se recuerda que un sistema semiótico se compone tanto de un sistema simbólico como de sus usuarios.

Algunos ejemplos aclaratorios

¿Existen sistemas simbólicos que no formen parte de un sistema semiótico? En un principio, y partiendo del supuesto de que un sistema simbólico no puede funcionar o existir al margen de la actividad del cerebro humano, solo aquellos sistemas simbólicos muertos u obsoletos pueden considerarse fuera de los sistemas semióticos; de darse, estos sistemas simbólicos se consideran perdidos. Los arqueólogos, antropólogos, lingüistas y otros especialistas pueden sin embargo trabajar para reactivar un sistema simbólico muerto, convirtiéndose en nuevos usuarios en la medida en que tratan de reconstruir cómo lo aplicaban los usuarios tradicionales.

Pese a que los sistemas simbólicos no pueden sobrevivir sin un sistema semiótico (esto es, sin sus usuarios) la distinción entre ambos es capital. Dentro de un sistema semiótico los usuarios de su correspondiente sistema simbólico lo consideran real: ya sea a través de un lenguaje natural, una partitura o un código jurídico, el uso, práctica o representación por parte de sus diferentes usuarios los “fusiona” con su correspondiente sistema simbólico. Un lenguaje natural escrito necesita ser hablado, una partitura debe ser compuesta e interpretada, cualquier código jurídico requiere ser redactado, establecido socialmente y administrado. La idea de “fusión” no es sino una metáfora del aprendizaje, práctica y desarrollo futuro de un sistema simbólico determinado. Evidentemente, debe producirse primeramente su creación, aunque en el caso de sistemas simbólicos más complejos la multiplicidad de actores individuales a lo largo del tiempo puede contribuir a lo que a posteriori sea referido como la creación de un sistema simbólico nuevo. Este proceso puede ocurrir de manera espontánea e involuntaria, darse siguiendo designios específicos o responder a ambas concepciones.

La mayoría de quienes vivimos en la segunda década del s. XXI estamos familiarizados con el uso en nuestros dispositivos digitales de aplicaciones y software variados. Cada una de estas aplicaciones es un sistema simbólico deliberado en miniatura, diseñado por especialistas y dirigido a usuarios con fines específicos. Antes de su comercialización la aplicación constituye un sistema semiótico en miniatura que, exceptuando a quienes lo han diseñado y testado, cuenta con contadísimos usuarios. La ventaja de estas aplicaciones frente a programas de software anteriores radica en la facilidad con que se usan: se adscriben a ciertos patrones de uso con los que la mayoría de los usuarios está familiarizada. Pero no todas las funciones disponibles en el entorno digital pueden ofrecerse en formatos reducidos: un programa como Adobe Photoshop, por ejemplo, capaz de ofrecer opciones de edición digital avanzadas, parten de una curva de aprendizaje más marcada; en su caso, para convertirse en usuario es necesario invertir tiempo en adquirir las correspondientes aptitudes. Las diferencias entre conocer un sistema simbólico y saber cómo usarlo serán tratadas más adelante.

La expresión “sistema simbólico” es usada aquí para referir un conjunto de símbolos, fragmentos simbólicos, prácticas simbólicas y contextos simbólicos.1 A diferencia de los sistemas sociales, los sistemas simbólicos no son reales: sus elementos compositivos se mantienen unidos por vínculos puramente simbólicos. Estos símbolos se “convierten” en reales cuando pasan a formar parte de los procesos cerebrales (la realidad subjetiva) y cuando son conocidos o empleados por un grupo de personas (intersubjetividad o realidad social). Para que el contenido simbólico de un cerebro determinado llegue a tener significado debe encontrarse arraigado en un contexto simbólico. Varios individuos pueden tener un conocimiento perfecto o casi perfecto, alto, intermedio o bajo de una lengua (por ejemplo, el español), pero más allá del grado de competencia lingüística que posean asumimos que practican la misma lengua: que todos hablan español. Llegamos a esta conclusión partiendo del supuesto de un modelo perfecto de la lengua española (un modelo simbólico) con respecto al cual es posible establecer diferentes niveles de competencia. Una clasificación lingüística como esta no deja de ser una abstracción que se desgaja de la práctica de hablantes reales en un contexto social real, y pese a ello esta idea del lenguaje es generalmente aceptada. Más tarde volveremos a plantear similares ejemplos de “realidad-ilusión”, los cuales representan un mecanismo semiótico básico.

Los lenguajes naturales

Los lenguajes naturales representan la más compleja e importante categoría de sistema semiótico de la vida en sociedad. En términos evolutivos, su aparición marca el prerrequisito para la aparición de subsiguientes sistemas semióticos. Por su propio desarrollo, los lenguajes naturales son el primer sistema simbólico aprendido por la especie humana; al funcionar estos como matriz o metasistema, resultan esenciales para el aprendizaje de casi todos los demás sistema simbólicos. La adquisición del lenguaje como aptitud biológica posibilita el aprendizaje de sistemas semióticos específicos, como el de la cultura nacional, que a su vez es instrumental para la adquisición de muchos otros.

La lingüística, la antropología lingüística, el análisis del discurso y diversas disciplinas empíricas interesadas en el estudio de las relaciones entre lenguaje y sociedad han reflexionado y documentado la significación e influencia que los lenguajes naturales juegan sobre el conjunto de las realidades sociales. Su centralidad en la composición de la realidad social está fuera de toda duda. Sin embargo, aunque el lenguaje es simultáneamente portador, activador y componente de una determinada cultura, no existe consenso sobre cómo conceptualizar esa misma cultura (Lamont y Small, 2008). Según defiende la perspectiva sistemista desarrollada aquí los lenguajes naturales, a semejanza de otros sistemas simbólicos, solo pueden existir como sistemas semióticos -es decir, como sistemas simbólicos en conjunción con sus usuarios-. En aras de alcanzar mayores cotas de fecundidad conceptual en el debate entre cultura y sociedad, los sistemas semióticos deberían, como condición indispensable, distinguirse claramente de los sistemas sociales. La premisa de que el concepto de sistemas semióticos contenga tanto componentes materiales (los usuarios) como inmateriales y conceptuales (los símbolos) habilita un espacio ontológico donde la idea de cultura no es ni netamente social ni netamente simbólica. Ambos extremos conceptuales encarnan la tensión ontológica característica de toda concepción no reduccionista de la idea de cultura.

Los miembros de cualquier sistema social utilizan una variedad de sistemas semióticos: algunos de ellos son más generales, como los concernientes al estatus, género, etnicidad o clase; otros son más específicos, como los de origen, familia o profesión. Siendo el lenguaje natural el sistema semiótico por antonomasia, es compartido por la mayor parte de los miembros del Estado-nación2 con lengua oficial, aunque no necesariamente por todos ellos. Así, mientras que el mecanismo semiótico de un lenguaje natural común es crucial para la idea de orden social, un proceso de integración social puede producirse sin que se den estas circunstancias. Podemos plantearnos la premisa de una tribu que capture esclavos pertenecientes a otra de diferente lenguaje natural, o la de sociedades coloniales que importen población de diferentes lugares o la de sociedades modernas con minorías lingüísticas. Los lazos primarios de cohesión en estos sistemas sociales (la tribu, la sociedad colonial, la sociedad moderna) no son de naturaleza semiótica pese a que sin lugar a dudas tengan cada uno diferentes formas de comunicarse -acaso mediante el uso de la porra o el arma de fuego-; estos lazos fundamentales son de naturaleza política (la dominación), económica (la explotación) y biológica (la violación).

Los sistemas semióticos y la tecnología

Los sistemas tecnológicos, sea con fines comunicativos o de cualquier otra clase, cuentan con sistemas simbólicos incorporados que abarcan desde planos arquitectónicos hasta manuales de uso. Aun cuando a menudo se obvian sus componentes sociales y simbólicos, cualquier red de telefonía celular es un sistema tecnosociosimbólico. La adquisición de cualquier artículo tecnológico presupone que el comprador la considera una herramienta de comunicación basada en sistemas simbólicos a la manera de iconos, mensajes de texto o lenguaje. Identificamos el teléfono celular como la realidad material clave porque como el libro, resulta ser el medio material con el que trabajamos. A menos que nos falle, no solemos ser conscientes de la infraestructura tecnológica que esconde tras de sí; igual ocurre con los sistemas semióticos como las redes sociales o los códigos de comunicación y mensajería de texto en el supuesto de que no las comprendamos o sepamos operarlas. Mientras que los sistemas semióticos se componen de símbolos y de sus usuarios, su funcionamiento a menudo está basado en y requiere de artefactos tecnológicos. Así, junto al conocimiento teórico, los usuarios de sistemas simbólicos necesitan también conocimientos prácticos para operar las herramientas a través de las cuales estos sistemas son practicados. El aspecto práctico no acostumbra a diferenciarse de la dimensión teórica; por tanto, incluso cuando nuestro conocimiento teórico de un lenguaje puede ser bastante avanzado, nuestra habilidad para hablarlo puede distar mucho. Lo contrario suele decirse de un hablante nativo de cualquier lengua: la habilidad práctica existe al margen de un conocimiento teórico explícito, y la capacidad de escribir o de leer se aprende más tarde.

En la medida de lo posible los sistemas semióticos deberían definirse en la forma en que son organizados y empleados por sus usuarios, pues funcionan precisamente de aquella manera. Es decir, que los usuarios experimentan subjetivamente los sistemas simbólicos como si fueran reales e incluso materiales. Podríamos llamar a esta experiencia una “realidad-ilusión”, si bien únicamente desde la perspectiva filosófica del materialismo emergentista. Establecemos por tanto una distinción ontológica entre sistemas simbólicos inmateriales y sus equivalentes materiales en las mentes de individuos y grupos sociales de usuarios. Esta distinción filosófica, que transciende las tradicionales experiencias subjetiva e intersubjetiva en sistemas simbólicos, aporta una ventaja explicativa a la hora de analizar los procesos culturales como fenómenos de orden material e inmaterial. Se trata de una distinción ontológica poco acostumbrada en las ciencias sociales, pero que no desmerece la importancia de las realidades subjetiva (mental) e intersubjetiva (social) como hechos sociales de pleno derecho.

Analicemos por ejemplo fenómenos culturales tales como los valores, las creencias o las actitudes. El sistema semiótico más relevante a este respecto son los lenguajes naturales -los metasistemas semióticos donde los fenómenos culturales de este tipo están enraizados-. Y a pesar de ello los valores, las creencias y las actitudes son considerados generalmente como fenómenos distintos presentes en todas partes y paralelamente, como fenómenos de la misma clase al margen de su ámbito etnocultural. La materialización de estos conceptos implica una mera traducción, del lenguaje en cuestión al lenguaje usado por el analista (a menudo, el inglés), y presupone a su vez que este último tiene validez universal y puede extrapolarse a otros lenguajes. El realismo simbólico del analista, que resulta ser la misma “realidad-ilusión” esgrimida por los usuarios de un sistema semiótico determinado, pasa así a integrar el análisis científico de los aspectos culturales (creencias, valores) y a menudo aboca a resultados más que cuestionables (Wierzbicka, 1993). La ontología propuesta en este trabajo, en cambio, tiene claro desde el principio que no se puede ignorar cómo los sistemas simbólicos que componen un sistema semiótico son interpretados y utilizados, y que no es acertado analizarlos asumiendo que todos compartimos los mismos sistemas simbólicos a lo largo de diferentes contextos lingüísticos y culturales.

Movilidad

A pesar de su base lingüística, la mayor parte de los sistemas semióticos, a diferencia de los sociales, son extrapolables en espacio y tiempo. Los usuarios de sistemas simbólicos pueden llevarlos consigo a otros sistemas sociales y contextos semióticos y mantenerlos vivos a lo largo del tiempo; los efectos de este ejercicio de extrapolación, sin embargo, dependen del sistema semiótico de acogida al que el usuario traslada el sistema simbólico en cuestión. Si es un lenguaje natural, el portador simbólico deberá contar con personas en el nuevo contexto lingüístico que sean de hecho capaces de usar su mismo lenguaje. Para la mayoría de los idiomas esto significa contar con una comunidad de expatriados. En el caso de idiomas de gran proyección internacional, y entre ellos el inglés como segunda lengua, es posible disponer de una gran cantidad de interlocutores a lo largo del mundo. Idiomas como el chino, el ruso o el francés, en cambio, tienen un alcance semiótico amplio, pero más circunscrito a una región determinada.

Los lenguajes naturales son una categoría particular de sistemas semióticos; otros pueden trasladarse a lo largo de fronteras lingüísticas más fácilmente. Oficios como el de doctor, abogado, maestro, científico o artista pueden en principio acceder a su propio sistema semiótico en contextos lingüísticos y culturales diferentes. En la mayoría de los casos no se trata de una cuestión de transferibilidad semiótica, aptitudes o conocimiento aplicado, sino de cruzar determinadas barreras políticas y sociales.

Existen por otra parte sistemas simbólicos mucho más simples que ostentan gran relevancia social. Podemos tomar las normativas de tráfico como un sistema simbólico que se exige a todo aquel que participe de él y donde la infracción puede resultar en perjuicios serios e incluso en la muerte de sus usuarios. Muchas de las normas de tráfico escritas se representan por medio de símbolos, algunos contienen texto pero otros son completamente icónicos -el signo de stop, el de calle de un solo sentido, los de límites de velocidad, los pasos a nivel o de cebra, los semáforos etc.- Como ocurre con la mayoría de las normas y leyes en los Estados territoriales de nuestros días las normas de tráfico están legalmente codificadas a nivel gubernamental; muchas de estas reglas y símbolos son reconocidos internacionalmente, pero otros son específicos de cada país. En general, la misma norma de tráfico puede ser representada por diferentes lenguas y símbolos sin demasiada ambigüedad o pérdida de contenido, lo que unido a la presunción de aptitudes básicas al volante posibilita que se permita circular a conductores certificados en un país en otro diferente. Cuando esto ocurre, se espera que tales conductores sean capaces de sobreponerse a las diferencias que puedan existir en los símbolos entre países. Lo más difícil radica normalmente en entender las normas factuales de tráfico que son conocidas por los conductores locales pero que no se encuentran formalmente codificadas; pueden no formar parte del sistema simbólico de normas de tráfico pero estar subscritas a las convenciones del sistema semiótico en funcionamiento. Este ejemplo sirve para ilustrar nuevamente las dos dimensiones básicas de un sistema semiótico: la dimensión del conocimiento y la de su praxis.

Los sistemas semióticos varían entre sí, entre otras cosas por su complejidad y ámbito de aplicación. El aprendizaje de sistemas simbólicos como las normas de tráfico es considerablemente menos severo que el de adquirir una segunda lengua. Así, mientras que los lenguajes naturales y las normas de tráfico pueden ser estudiados en el plano teórico, lo importante continúa siendo el saber usarlos. Este aspecto práctico presente en muchos sistemas semióticos sugiere una distinción entre la obtención del conocimiento teórico y la capacidad de participar de su sistema semiótico; por ello “conocer un sistema semiótico” puede restringirse a un plano exclusivamente teórico. Tratándose de un conocimiento teórico, la comprensión óptima de teoría de la música puede alcanzarse sin llegar a tocar ningún instrumento, lo que conllevaría un conjunto diferente de exigencias prácticas. Se puede igualmente llegar a tocar un instrumento musical sin conocimientos teóricos, bien a base de práctica o por imitación. Para tocar música clásica son necesarios un alto grado de conocimiento teórico y de aptitudes prácticas; para escucharla, en cambio, no es esencial tener conocimientos teóricos, aunque cierto grado de apreciación del género o pieza a escuchar siempre es útil.

Los sistemas semióticos tienden a ser funcionales

Algunos sistemas semióticos se estructuran alrededor del cumplimento de determinados fines y deberes sociales; otros están orientados a facilitar el uso de determinadas tecnologías [ver en esta sección]. Los sistemas semióticos también tienen consecuencias e implicaciones políticas. Este postrero planteamiento nos recuerda que los sistemas semióticos son raramente adquiridos por su propia volición, y asevera el hecho fundamental de que la mayoría de ellos están firmemente establecidos y que su utilización obedece a un lenguaje natural. Un único sistema simbólico puede obviamente ser usado de acuerdo a diversos lenguajes naturales, lo que no conlleva grandes inconvenientes para el caso de normas de tráfico o instrucciones de naturaleza técnica pero sí grandes dificultades al tratarse de la traducción de un trabajo de ficción de un idioma a otro. Por lo común no es fácil identificar qué sistemas semióticos y sociales resultan indispensables para que una tecnología o política social pueda ser transferida de un contexto a otro.3

Adquirimos aquellos sistemas semióticos que son más relevantes para la consecución de nuestras necesidades biopsicosociales como especie al amparo de un sistema social propio. Los lazos afectivos, la búsqueda de alimentos, seguridad o pareja o el mantenimiento o mejora de nuestra posición social son todos ejemplos de tales necesidades individuales. Se trata de las mismas necesidades básicas, pero los sistemas semióticos adquiridos difieren entre comunidad y comunidad. Resulta oportuno apuntar que la existencia y aplicación de sistemas y mecanismos semióticos no determina ningún proceso social o juega papel alguno en su desarrollo. Los sistemas sociales y sus mecanismos suelen ser más decisivos que el influjo independiente de cualquier sistema semiótico. El impulso es llevado a cabo por los componentes materiales del sistema semiótico (sus usuarios) y no por la acción independiente de símbolo alguno. No obstante, en la medida en que son únicos, omnipresentes y en teoría acarrean un gran potencial para “estimular” la realidad material, el papel de los sistemas semióticos no debe ser menospreciado.

Los términos “cultura política” y “cultura económica” se emplean a menudo para explicar que un mismo tipo de sistema político (la democracia liberal) y un mismo sistema económico (el capitalismo del siglo XXI) se hallan establecidos en culturas diferenciadas -esto es, motivados por diferentes sistema semióticos-. Existen sistemas semióticos funcionales para un sistema económico particular, como puedan serlo los conocimientos y las aptitudes necesarias para la producción, venta y organización de una multinacional; otros sistemas semióticos capaces de facilitar (o no) el funcionamiento de un determinado sistema económico estarán simultáneamente en uso -en primer lugar uno o más lenguajes naturales, además del inglés como lengua de los negocios, y sistemas semióticos relacionados con la gestión de los recursos humanos, las estrategias de liderazgo, la ética laboral, el marketing o las relaciones públicas-. Estos sistemas semióticos pueden ser globales al corresponderse con tecnologías sociales y físicas en vigor para multitud de corporaciones y multinacionales, y coexistir con otros de uso más restringido a escala nacional, sectorial o local.

La ciencia y las artes

A diferencia del ámbito de las necesidades humanas básicas y del tecnológico, las ciencias básicas son sistemas semióticos orientados a la creación y utilización de sistemas simbólicos que no tienen una aplicación material directa. Es evidente que tratándose de sistemas sociales, las ciencias difícilmente podrían subsistir si indirectamente no observaran reglas sociales y hábitos mentales o fueran capaces de tener resultados materiales claros. Las ciencias elementales, no obstante, solo se interesan por sistemas conceptuales diseñados para estudiar cómo funciona el mundo; así, para los científicos, el reconocimiento de sus compañeros y el estatus social constituyen los principales mecanismos de recompensa material. De entre el conjunto de conocimientos científicos producidos, algunos acaban formando la base para el desarrollo de nuevas tecnologías cuyas aplicaciones prácticas serán sucesivamente el objeto de deseo de agentes de sistemas políticos y económicos.

Aún en mayor medida que las ciencias elementales, las artes se ocupan de producir sistemas simbólicos y artefactos que carecen de aplicaciones materiales directas. Los artefactos de su creación, especialmente si son visibles o audibles, pueden servir a diversas necesidades psíquicas y sociales. La función de entretener en la era de la democracia ha dado pie al auge de grandes sistemas económicos especializados en la producción y comercialización de productos culturales. Sea por su valor inherente como práctica o por su capital estético, los sistemas semióticos, incluso aquellos que aparentemente no se ocupan sino de su propia volición, pueden servir a gran variedad de propósitos en el mundo material.

La multiplicidad y solapamiento de sistemas semióticos bajo un mismo sistema social cuestiona de manera fundamental cualquier explicación que trate de considerar y entender la relación existente entre diferentes sistemas semióticos y entre estos y el sistema social que les da cabida. Abordemos esta problemática encauzándola hacia el modo en que los sistemas sociales y semióticos difieren entre sí y se relacionan.

Los sistemas sociales y los semióticos: en qué difieren y cómo se relacionan

Los sistemas semióticos y los sociales son bastante dispares. Los primeros quedan definidos en función de su sistema simbólico; es decir, que por encima de los vínculos sociales establecidos entre usuarios que puedan o no existir y que serán de diferentes clases, lo definen sus partes, contexto, estructura y las relaciones entre sus símbolos. Huelga decir que esta es precisamente la forma en que nosotros, como usuarios individuales, abordamos un sistema simbólico: como algo real, a menudo incluso material, como ocurre con un libro, un texto, una carta o unas anotaciones, pero también con personalidades, lugares o historias. Los miembros de un sistema semiótico comparten vínculos simbólicos. El materialismo emergentista defiende que solo las cosas materiales son reales. Los sistemas simbólicos son conceptuales, no materiales, y por tanto no son reales, pero un sistema simbólico dentro del cerebro humano donde se origina y donde es usado (concebido, conocido, creído o sentido) es real en virtud de su pertenencia a un sistema material: el de los procesos cerebrales de individuos que comparten un sistema simbólico, por una parte, y el de la práctica de un grupo y su discurso social, por la otra. Los soportes físicos de un sistema simbólico como los libros, las partituras o los documentos digitales son artefactos materiales, pero en ningún caso consiguen hacer más real el sistema simbólico que representan; son únicamente componentes técnicos en un sistema de comunicación. Un sistema simbólico inscrito en un medio físico determinado no acarrea ningún sentido hasta que es procesado por un cerebro humano que entiende sus símbolos y el contexto o ámbito simbólico en que se encuadran.

Recapitulando lo visto: como sistema inmaterial, un sistema simbólico no tiene realidad material y existe únicamente como concepto. Que sea posible pensar o hablar sobre él como si existiera constituye el mecanismo semiótico esencial de tales sistemas, según el cual algo puramente simbólico puede transformarse en una realidad social -la realidad social de un grupo que comparte lazos simbólicos-. ¿Y no es acaso esta formulación un ejemplo radicalmente idealista de puro constructivismo social? De hecho, los teóricos sociales constructivistas radicales recurren al mismo procedimiento usado por los agentes sociales ante un sistema simbólico: lo imbuyen de una realidad independiente. Los constructivistas sociales actúan pues como cualquier agente social, a un nivel exclusivamente filosófico. El problema se presenta justo aquí, pues aun siendo lo mismo que se plantean y siguen los agentes sociales, esto no implica necesariamente que sea lo que realmente ocurre.

Si se identifica a los mecanismos semióticos como los únicos capaces de crear realidad social, la respuesta a la pregunta antes planteada -si se trata de un ejercicio de puro constructivismo social- sería afirmativa. La producción económica y el poder político existirían por ende solo en la medida en que son semióticamente generados y pasarían a ser meros hechos semióticos, un conjunto de ilusiones compartidas. El hecho de que no existan hechos o realidades sociales en los que no se den sistemas semióticos puede llevar a confusión; estos sistemas semióticos, no obstante, ni forman ni crean por cuenta propia una realidad social particular. El asunto a plantear, tanto empírica como teoréticamente, es cómo y en qué medida los sistemas semióticos juegan un papel en la creación de realidades sociales en conjunción con otros mecanismos económicos, políticos y biopsíquicos.

Consideremos primero algunos ejemplos adicionales para ilustrar la distinción fundamental entre sistemas semióticos y sistemas sociales. El Islam queda definido en primer lugar por los dictados expuestos en el Corán, los usuarios o seguidores de este sistema religioso son todos musulmanes, pero en su conjunto no conforman un sistema social real o concreto. El Islam tiene muchísimos sistemas sociales que abarcan desde Estados a comunidades locales; en cada uno el Islam como sistema semiótico es practicado, pero lo que los distingue entre sí como sistemas sociales (Estados, familias) son primordialmente vínculos sociales, no los simbólicos procedentes de la doctrina religiosa. Podemos encontrar ejemplos de tales vínculos en el afecto familiar o sexual, en la cooperación y la explotación económicas o en el dominio y la lealtad políticas. El grado máximo de solapamiento entre un sistema social como el de Arabia Saudí y uno semiótico como el Islam puede dificultar el análisis y la exposición por separado de ambos sistemas. Entre otras consideraciones, un sistema semiótico, como la religión, no opera independientemente del sistema social en el que es practicado; de hecho, a menudo juega un rol central en la consolidación de los vínculos sociales o acaso, en su debilitamiento y disolución. El reto al que se enfrentan las ciencias sociales radica en dilucidar cómo ambos sistemas operan juntos. Así, al analizar el poder del Estado en Arabia Saudí se deben identificar los mecanismos políticos y económicos a escala nacional y global y también, la medida en que el Islam como sistema semiótico se desempeña en estos procesos materiales.

Las diferentes interpretaciones del Corán ciertamente están relacionadas con las propiedades de este sistema simbólico, con sus incongruencias, ambigüedades, omisiones y aperturas, pero la interpretación no es una cualidad de los sistemas simbólicos, sino un proceso material acaecido en el cerebro humano y en una comunidad de intérpretes. Los sistemas simbólicos como las religiones o las ideologías están repletos de instrucciones que llaman a la acción, muchas entre ellas carentes de controversia. Esto sugiere que el sistema simbólico tiene un efecto directo y sin intermediarios en el ámbito social. Todas las religiones disponen exigencias sobre el creyente que las profesa de la misma forma que todas las ideologías demandan la convicción de sus seguidores, pero la eventualidad de que el creyente pueda perder su fe y el seguidor su convicción y su apoyo a la causa indican la mediación de mecanismos mentales y sociales reales entre el sistema simbólico y la realidad social, no la incidencia de exigencias simbólicas.

Por encima del contenido del credo o la ideología profesadas, la fe y la convicción pueden ejercer una gran influencia sobre la realidad social, pudiendo habilitar o reforzar mecanismos mentales y sociales. Según sugiere el famoso efecto placebo, el verdadero mecanismo en funcionamiento puede no ser el bálsamo administrado, sino el medio biopsíquico dispuesto por el paciente convencido y sus efectos en el plano físico. Así, no es el poder simbólico de un dogma determinado el que tiene un efecto directo, inmaterial o espiritual sobre la enfermedad que se pretende combatir, sino un estado mental particular y positivo aplicado a ciertos procesos biológicos del paciente, que sirve para habilitar o robustecer sus defensas y mecanismos de curación.

El efecto placebo es un efecto secundario de los mecanismos biopsíquicos que no siempre sirve para tratar determinados desórdenes somáticos. No obstante, al margen de que el paciente crea en su eficacia, su existencia no refuta la del efecto bioquímico producido por buena parte de los tratamientos. En uno u otro caso diferentes procesos bioquímicos tienen lugar. Con todo, el efecto placebo enfatiza el hecho de que los estados mentales -las propiedades emergentes de la actividad cerebral- pueden afectar directamente a otros sistemas bioquímicos. Diversos mecanismos operan dentro de los sistemas bioquímicos del hombre en múltiples formas: los procesos biológicos pueden incidir de manera causal en los sistemas mentales y sociales, los procesos mentales pueden afectar a los sistemas biológicos y sociales y los procesos sociales pueden actuar sobre los sistemas mentales y biológicos. El comprender la causalidad de tales procesos requiere un conocimiento de los diferentes sistemas y mecanismos en juego. El papel de estos mecanismos en los sistemas semióticos será analizado en una sección aparte.

Los sistemas semióticos se componen de sistemas simbólicos y sistemas biopsicosociales -a saber, los usuarios de los sistemas simbólicos-. Los sistemas simbólicos tienen una composición, entorno y estructura, pero a diferencia de los sistemas materiales no cuentan con mecanismos; dicho de otro modo, carecen de elementos dinámicos autónomos. Para jugar un papel en procesos materiales, estos sistemas necesitan de las mentes de personas reales que vivan dentro de un sistema social. Con independencia de las dinámicas que puedan desarrollarse -influencia, causalidad, contingencia- un sistema simbólico existe únicamente en virtud del uso consciente o involuntario que le puedan dar personas reales en circunstancias concretas. Un sistema simbólico tiene incidencia sobre la realidad social porque los individuos lo usan para guiar sus acciones o como programa de referencia para pensar, sentir y actuar. Los sistemas simbólicos son en definitiva relevantes para la realidad social, pero únicamente como componentes de sistemas semióticos.

Esta correlación funciona en ambos sentidos: los usuarios hacen uso de los sistemas simbólicos de manera habitual, estandarizada y sin siquiera planteárselo, lo que puede llevar a interpretar que son usados por el sistema simbólico en cuestión. De forma inversa y paralelamente a lo anterior, los usuarios pueden igualmente manipular y modificar los sistemas simbólicos de forma consciente y creativa. La aplicación del reduccionismo sociológico no está pues en principio justificada (Pickel, 2012).

Hölderlin en el Amazonas

Los sistemas semióticos son importantes para la realidad social porque sus usuarios también pertenecen a sistemas sociales. Imaginemos a un amante de la literatura alemana del Romanticismo trabajando como médico en una remota villita amazónica: su uso de este particular sistema (o subsistema) semiótico -la lectura de Hölderlin cada noche antes de dormir- difícilmente tendrá algún efecto directo sobre la realidad social en la que vive y trabaja. Puesto que nadie más es capaz de utilizar este particular sistema semiótico, el único efecto sobre la villa como sistema social consistirá en la medida en que la lectura de aquella literatura pueda afectar a su estado mental durante la interacción social con el resto de los aldeanos. En su conjunto, la práctica de este particular sistema semiótico en este contexto social constituye la actividad privada de su único usuario. En el supuesto de que la aldea instale internet el doctor tendrá la oportunidad de obtener acceso a comunidades virtuales interesadas en la literatura alemana del Romanticismo y de interactuar con otros usuarios. A menos que el doctor decida reducir su horario laboral para pasar más tiempo conectado a la red, la práctica de este sistema semiótico todavía no tendrá incidencia directa en la realidad social de la villa.

La literatura alemana del Romanticismo representa en este caso un ejemplo de un sistema semiótico (SS1) con poca incidencia en el sistema social donde se practica por un único individuo. Planteemos el mismo caso desde la perspectiva de las lenguas pano (SS2) habladas por los aldeanos. El médico, criado y educado en Lima, ha conseguido su posición en la villa por su dominio del sistema semiótico de la medicina occidental (SS3); siendo el español (SS4) su lengua materna, su dominio del pano es todavía limitado. Para los aldeanos, en cambio, el pano es la lengua predominante y solo un puñado habla español. Ambos sistemas semióticos, el pano y el español, tienen un vigoroso efecto en el sistema social de la villa: el pano es el lenguaje natural de la villa, y como tal, el metasistema semiótico de la misma; la situación del español es similar, siendo un metasistema semiótico usado solamente por el médico aunque ocasionalmente practicado por un pequeño contingente de aldeanos, aunque como segunda lengua. El tercer sistema semiótico relevante para este sistema social local lo constituye la medicina occidental. En principio se trata de un sistema de aplicación universal, aunque queda sujeto a que al menos un lenguaje natural permita la comunicación entre doctor y paciente. El lenguaje aldeano -el lenguaje a través del cual los problemas de salud de la villa son experimentados, conceptualizados y comunicados- carece de equivalentes lingüísticos para algunos conceptos y términos usados en la medicina occidental. Aun siendo capaz de tratar muchas condiciones con éxito, el médico presumiblemente tendrá problemas de comunicación al abordar el asunto del embarazo: las nuevas técnicas médicas introducidas encontrarán la resistencia de las mujeres y de la villa en general, que las tildarán de ofensivas por razones que el médico no alcanzará a comprender. El desacuerdo resultante entre ambas partes puede llevar a la desconfianza mutua, a la frustración y a la eventual partida del médico. De lo poco que queda claro es que nadie puede culpar a Hölderlin por lo ocurrido en la villa. Los sistemas simbólicos son importantes para la realidad social, pero únicamente como parte de sistemas semióticos e incluso así, no todos los sistemas semióticos en uso en un sistema social son relevantes para la realidad social.

En síntesis, los sistemas sociales no son sistemas semióticos ni los sistemas semióticos sistemas sociales. La mayoría de sistemas sociales contienen varios sistemas semióticos, de forma que aquellos sistemas semióticos no utilizados por ningún sistema social acaban desapareciendo. Pero esta relación de coexistencia y codependencia entre ambos no es motivo suficiente para suprimir la necesidad de diferenciarlos. Precisamente lo que se persigue aquí es un mejor entendimiento de los diferentes mecanismos y sistemas que contribuyen a la formación de sistemas semióticos de gran incidencia en los sistemas sociales, para diferenciarlos de aquellos otros donde se vuelven virtualmente irrelevantes.

¿Puede existir y existe, pues, una correspondencia directa entre un sistema social y uno semiótico? ¿Pueden los usuarios de un sistema semiótico dado estar vinculados exclusivamente a un único sistema social? La respuesta resulta complicada de hallar en términos generales. Por una parte cada sistema social específico tendrá su correspondiente sistema semiótico, lo que dicho de otra forma significa que el conjunto de componentes de un sistema social lo son también de su correspondiente sistema semiótico a través del cual se comunican y reconocen mutuamente. Sin embargo, el contenido de un sistema simbólico puede ser casi idéntico a aquel de un sistema semiótico usado en otros sistemas sociales del mismo tipo, como familias, escuelas, empresas o iglesias dentro de una misma civilización, cultura, economía o religión.

En teoría, cada sistema social tiene su propio y particular sistema semiótico. Generalmente, el esquema básico de sistemas sociales de un tipo en un contexto sistemista particular no exhibe grandes variantes debido a que en lugar de generar o reinventar sistemas simbólicos completamente nuevos, los adaptan en diferente medida a su práctica. Tomemos por ejemplo tipos de sistemas familiares que difieren esencialmente entre civilizaciones pero no dentro de ellas (Therborn, 2011): cada familia particular puede variar en cierta medida en la forma en que conciben y reproducen el esquema familiar estándar. Desde la perspectiva subjetiva y más reducida de los miembros individuales, aquellas variaciones mínimas bien podrían ser de la mayor importancia. Y es que entre el nivel de civilización y aquel de la familia individual pueden actuar otros sistemas semióticos basados en diferencias nacionales, geográficas o regionales, además de otras de tipo cultural con sus correspondientes sistemas semióticos. Como he tratado de plantear en trabajos previos, las culturas nacionales son sistemas semióticos de una importancia avasalladora en el mundo de hoy (Pickel, 2013).

Para un sistema semiótico cualquier tipo de cambio significativo o radical comienza a darse a pequeña escala en la comunidad de usuarios. No lo motiva la naturaleza del sistema simbólico, sino la variabilidad de las condiciones de vida individuales y de los sistemas sociales donde se utiliza, además de la creatividad y la suerte. En ciertas partes del mundo occidental la transformación fundamental de los sistemas familiares cristianos -considerados como sistemas semióticos- desde el patrón de la familia extensa al de padres solteros, parejas de hecho o parejas homosexuales ocurrió primero en un número reducido pero creciente de sistemas familiares, creciendo en adelante hasta conformar un movimiento social con ambiciones de reconocimiento en varios sistemas semióticos como la opinión pública, la cultura nacional, las leyes, la moralidad o la religión.

Todos los sistemas materiales tienen al menos un mecanismo básico que les permite funcionar de un modo característico. De ahí que los mecanismos de producción y distribución sean esenciales en los sistemas económicos mientras que para los sistemas políticos sean los de control y distribución de poder y recursos. Los sistemas simbólicos como las doctrinas religiosas, las ideologías políticas y las teorías científicas no cuentan con mecanismos propios -la fe, la convicción y el compromiso con la verdad son mecanismos psicológicos que actúan dentro de los sistemas semióticos en virtud de sus componentes materiales (sus usuarios individuales)-.

Todos los sistemas sociales humanos incorporan un número de sistemas semióticos y, en consecuencia, la dinámica en la cual estos sistemas se desenvuelven queda determinada por los mecanismos empleados en cada sistema social particular. Esto no implica que los sistemas semióticos resulten meros instrumentos del sistema social al que pertenecen; pese a no contar su sistema simbólico con mecanismos propios, el sistema social no llega a controlar completamente al semiótico. Los sistemas simbólicos poseen por regla general muchos otros usuarios además de aquellos pertenecientes a un sistema social particular. Un sistema semiótico tiene un valor y una incidencia que dependen del uso más amplio que se le dé más allá de su sistema social de acogida -esto es, como sistema que no está sujeto a los límites de ningún sistema social-. Los lenguajes naturales, por ejemplo, pueden funcionar como lenguas oficiales en sistemas políticos y sociales. Un lenguaje natural con un número relativamente pequeño de usuarios como el estonio (1.1 millones), funciona como lengua oficial de un Estado de la misma forma que el inglés es usado en los Estados Unidos. Al tratarse de la lengua oficial de varios estados, la conveniencia y poderío del inglés transciende el marco social de cualquiera de ellos como la lengua internacional de la ciencia, los negocios o la política, hecho que no puede extrapolarse a lenguas como el estonio.

Aquellos sistemas semióticos encapsulados por un sistema social específico otorgan a este, cierto género de monopolio sobre su sistema simbólico, supuesto que puede constituir una base de poder político y económico para ese sistema social. Las políticas lingüísticas son parte de los mecanismos políticos que determinan las condiciones de vida de las comunidades lingüísticas. Las leyes de derechos de autor son también mecanismos políticos y económicos que confieren a sus propietarios el monopolio de uso de sistemas semióticos determinados con potencial económico, sean estos tecnológicos u obras de arte individuales.

Los mecanismos semióticos

El uso de lenguajes naturales comunes constituye un mecanismo semiótico básico que a menudo viene de la mano de otros dos mecanismos sociales esenciales: la inclusión y la exclusión. Sistemas semióticos del tipo de los lenguajes naturales pueden constituir un serio obstáculo para las interacciones sociales. A diferencia de los Estados-nación, estos sistemas han dejado patente a través de la historia una mayor resistencia frente a la incidencia de mecanismos biológicos (el sexo), económicos (el comercio) y políticos (la guerra). Los Estados-nación, por su parte, son amenazados por la llegada de un elevado número de usuarios de lenguajes naturales foráneos, como por ejemplo trabajadores inmigrantes, especialmente si estos forman parte de una comunidad etnolingüística con capacidad de hacer peligrar el sistema social de acogida. Si la asimilación o la integración no se producen de manera espontánea o como resultado de medidas políticas, las minorías lingüísticas pueden empezar a desarrollar una agenda nacionalista basada en el vigor de su sistema semiótico -su propia lengua y etnocultura-. Mecanismos semióticos de este tipo, sobre todo en sistemas etnolingüísticos pero también en los religiosos o ideológicos, actúan como compensadores simbólicos para la consecución de varias formas de poder político. En este supuesto, un mecanismo semiótico (el uso de la lengua) se une a otros mecanismos sociales: el uso primario de un lenguaje natural foráneo en una comunidad lingüística en crecimiento (mecanismo demográfico), la movilización de esta comunidad a cargo de líderes propios (mecanismos psicosociales), el auge de reivindicaciones políticas de base comunitaria frente al Estado territorial en el que viven y la respuesta dada por el Estado (confrontación, recrudecimiento, acomodo) (mecanismos políticos).

Los sistemas semióticos, como los lenguajes naturales, tienen como mecanismo semiótico de referencia la comunicación entre sus usuarios. Si algunos de ellos no forman su propio subsistema dotado de sus propios mecanismos sociales (por ejemplo, una comunidad de expatriados), los mecanismos adicionales en funcionamiento serán sobre todo psicosociales y tendrán lugar a escala individual y de pequeños grupos dispersos. Estos mecanismos psicosociales pueden abarcar desde iniciativas particulares de asimilación a sentimientos de exclusión y marginalización de la cultura predominante, además de la acomodación de recrearse en la etnocultura propia en la medida que lo permitan las circunstancias. Si en cambio forman un sistema social, como un grupo de carácter étnico, su sistema semiótico y sus mecanismos tendrán una mayor incidencia. El ejemplo característico combina un lenguaje natural dominante con un Estado-nación, caso en el que el sistema semiótico resulta integral e instrumental para el funcionamiento del sistema social. Otro ejemplo típico es la combinación de lengua minoritaria e institución política sub-Estatal en busca de una mayor autonomía (Quebec, Cataluña).

Incluso pese a no haber mecanismos simbólicos propios en funcionamiento, es erróneo sugerir que el contenido de un sistema simbólico se vuelva irrelevante. Cualquier lenguaje natural conlleva narrativas históricas específicas, tradiciones, traumas, actitudes y comportamientos llamados a jugar un papel en el momento en que el sistema semiótico en cuestión interactúe con mecanismos sociales y políticos. A pesar de lo dicho, un sistema simbólico carente de mecanismos propios continúa sin ser factor ni agencia de ningún tipo en el desarrollo de los procesos sociales. Las políticas y los conflictos lingüísticos, la marginalización, la exclusión o la asimilación pueden resultar fenómenos sociales intensos y desestabilizadores, especialmente en aquellos Estados modernos que cimentan su legitimidad e integridad en un supuesto de unidad nacional. Huelga decir, los lenguajes naturales no son el único tipo de sistema semiótico capaz de producir derivaciones agudas y conflictivas en los sistemas políticos y económicos. El neoliberalismo hoy, previamente llamado keynesianismo, es un ejemplo destacable de ideología altamente influyente a escala global con enormes consecuencias sociopolíticas.

Resumen

Hasta ahora se ha defendido que los sistemas simbólicos no cuentan con mecanismos internos. Esta es una consecuencia de nuestra ontología realista y materialista: solo los sistemas materiales son reales y poseen mecanismos que les permiten funcionar; los sistemas simbólicos, en cambio, son inmateriales. Más que considerarlos irrelevantes como objeto de las ciencias sociales, las cuales buscan precisamente explicar la realidad social, la realidad de los sistemas simbólicos debería entenderse en su contexto material -a saber, el de los individuos que los utilizan-. Al ser los constituyentes materiales de los sistemas sociales, los usuarios son quienes ponen en funcionamiento aquellos sistemas simbólicos en contextos sistemistas específicos. Los sistemas simbólicos pueden considerarse precisamente eso: sistemas conceptuales con componentes, estructuras y contextos particulares que pueden ser estudiados, interpretados, evaluados, modificados, implementados y practicados únicamente por sus usuarios. En sí mismos son sistemas muertos como una lengua que deja de utilizarse y desaparece a la vez que lo hacen sus usuarios. Nuestro interés en el papel desempeñado por los sistemas simbólicos en la realidad social implica que nos concentremos en los sistemas semióticos, pues suponen la intersección entre los sistemas simbólicos y los sociales.

“Realidad-ilusión”: los vínculos simbólicos como vínculos sociales

Los lenguajes naturales son fundamentales para la comunicación en cualquier sociedad. Sin embargo, para los miembros de un sistema social determinado funcionan también como vínculos sociales clave, incluso si se trata de vínculos simbólicos. Un vínculo simbólico de nacionalidad compartida basado en una lengua común, por ejemplo, conserva la creencia en un vínculo social real -una creencia que a su vez facilita la comunicación nacional y la formación y el mantenimiento de vínculos sociales en diferentes sistemas sociales dentro del Estado-nación-. Los Estados nacionales adoptan uno o más sistemas de este tipo como lenguajes oficiales, los cuales, como en el caso del sistema oficial de divisas, están de hecho respaldados por un poder social real. Para trabajar en el sistema legal de un país, por ejemplo, se precisa del uso del idioma oficial, lo que representa una suerte de “divisa” legal. Por su parte, el poder estatal queda legitimado por los vínculos simbólicos de una cultura nacional, lo que explica que todos los Estados reivindiquen su papel como principales representantes de la nación y garantes de los intereses patrios.

Las creencias más extendidas son por supuesto hechos sociales de primer orden. El contenido de cualquier creencia forma parte de un sistema simbólico. Puede parecer que en el proceso, el propio sistema simbólico se convierta en hecho social, pero tal transformación ontológica no llega a producirse; subjetivamente podemos llegar a sentirla como tal -aquello que creemos en compañía de otros pasa a ser real- pero en términos objetivos una representación mental compartida socialmente (un sistema semiótico) no otorga autonomía ni capacidad de incidencia a su contenido. La “realidadilusión”, identificada como un mecanismo semiótico central, continúa firmemente anclado en su base biopsíquica y social.

La obsesión con una idea no representa ninguna propiedad del sistema simbólico al que esta pertenece, sino que se trata de un estado mental que puede llegar a darse a escala colectiva. Es el efecto o derivación de un sistema simbólico determinado, pero sus consecuencias solo pueden ser manifiestas (reales o materiales) únicamente bajo condicionantes sociales y biopsíquicos específicos. Solo en este sentido indirecto los sistemas simbólicos pueden resultar peligrosos o puede afirmarse que tengan propiedades no de sistemas simbólicos, sino de sistemas biopsicosociales -es decir, propiedades reales y materiales-. La diferencia entre nuestra experiencia subjetiva e intersubjetiva respecto a la realidad de las ideas (la “realidad-ilusión”) y la situación objetiva de la ontología a debate pueden postularse de la siguiente forma: una idea, cuando se plantea a nivel personal o colectivo, aparece de hecho como real (se trata de una “realidad-ilusión” solo en términos objetivos) puesto que ya ha sido activada a nivel individual y colectivamente en un contexto simbólico compartido. Puede afirmarse que las ideas no tienen efectos a menos que sean empleadas de una u otra forma. Paralelamente, conviene apuntar que los sistemas simbólicos no tienen propiedades propias -se entiende: propiedades conceptuales, particularmente semánticas y lógicas [ver la noción de “existencia conceptual” en Bunge, 2001: 95-102 ]-.

Las ideas racistas, por ejemplo, se vuelven peligrosas una vez son esgrimidas y utilizadas por personas racistas -los usuarios de aquella idea-. Aquellas mismas ideas son inofensivas o rechazadas cuando pasan a ser objeto de estudio crítico. Resulta importante aceptar que como críticos, compartimos con las personas racistas un sistema simbólico a propósito del racismo: lo entendemos y lo consideramos real, psicológica y socialmente hablando, pero en lugar de compartirlo nos posicionamos en su contra. Es más que probable que en una sociedad de racismo generalizado la mayor parte no sea consciente de él. Junto a quienes abogan o se oponen a un sistema simbólico como el racismo existen también quienes le niegan cualquier relevancia. Todas estas posibilidades son implicaciones semióticas (mentales, sociales y políticas) provenientes de un mismo sistema simbólico -se trata, de hecho, de implicaciones muy disimilares entre sí, opuestas incluso-. Este razonamiento saca de nuevo a colación la dimensión práctica de los sistemas semióticos.

Los sistemas semióticos: su dimensión práctica

Un sistema simbólico, incluso uno tan simple como el racismo, no actúan por sí mismos ni causan ningún tipo de acción determinada. De reducir el racismo como sistema simbólico a su mensaje central -que una raza particular es superior al resto- este no comportaría todavía nada en particular. Podría ser en efecto usado como justificante de una situación de genocidio, o ser criticado como una doctrina perjudicial que debe ser negada y eliminada. No nos referimos a quienes sostienen esta última postura como racistas, sino como antirracistas; no obstante, ambas son reacciones hacia un mismo sistema simbólico empleado a lo largo de un continuo definido por dos posturas políticas diametralmente opuestas. Existe además la posibilidad de ignorar o descartar el sistema simbólico en cuestión por irrelevante o anticuado. Ignorar un sistema simbólico conocido y todavía en uso por un número significativo de personas no va a contribuir a su terminación, aunque puede volver su práctica invisible y rebajar por tanto su intensidad. Solo prestando atención a la práctica de un sistema simbólico, sea para respaldarla, ignorarla o rechazarla, puede este tener un efecto real y material.

Si conoces y comprendes un sistema simbólico eres miembro de su correspondiente sistema semiótico. La manera en que emplees este conocimiento no está predeterminada por el mero hecho de poseerlo, sino que depende de los mecanismos semióticos que procesan y desempeñan aquel sistema simbólico específico. Estos mecanismos semióticos cuentan con aspectos biológicos, psicológicos y sociales, y el hecho de practicar un sistema simbólico hace referencia a los tres. Las personas racistas aseguran que el racismo es un hecho biológico, tomando el concepto de la inteligencia en función de la raza. Al contrario de lo que planteaban los científicos de mediados del siglo XX, la genética de hoy día continúa envuelta en confusión respecto a esta formulación (Fullwiley, 2014). La continuada fortaleza social y política del racismo se debe al hacer de mecanismos psicológicos y sociales. Por encima de sus implicaciones dañinas como doctrina en sí misma, este contexto es el más relevante para el estudio de los mecanismos semióticos relacionados con el racismo.

Abordemos a continuación la dimensión práctica de los sistemas semióticos en el contexto de las nuevas redes sociales. Facebook, una red social en línea con más de un billón de usuarios, es un sistema semiótico tecno-social. Saber de su existencia no convierte a una persona en miembro de su correspondiente sistema semiótico, pero incluso sin llegar a participar en él, el hecho mismo de conocer qué es y la manera en que funciona equivale a formar parte de su sistema semiótico. Es cierto que la gran mayoría de miembros de un sistema semiótico como Facebook son de hecho miembros formales y usuarios con perfil; dicho de otra forma, son personas que participan del sistema semiótico en cuestión a través de su uso (mecanismo semiótico). Los dueños y operadores de esta tecnología ofrecen una red claramente organizada y de gradual evolución a disposición de usuarios particulares, empresas, organizaciones políticas e infinidad de grupos y redes sociales (mecanismo tecno-social). Facebook es poseída y administrada de manera privada y se sustenta con publicidad comercial y la venta de información de usuarios a terceros partidos (mecanismo económico). Para individuos y organizaciones que buscan una presencia reconocida en el mundo de hoy, la pertenencia a dicha red social se ha convertido en de facto obligatoria (mecanismo psicosocial).

Facebook no constituye, por lo tanto, un sistema semiótico sin más, sino un sistema social firmemente organizado y profesionalmente administrado que integra a dueños, supervisores, personal, clientes comerciales y titulares de cuenta. Es, además, uno de los mayores y más provechosos sistemas económicos a nivel mundial y un sistema tecno-social que ofrece a sus miembros una plataforma de comunicación gratuita. Como sistema semiótico puede ser practicado de diferentes formas, dependiendo del estatus que el usuario tenga en su sistema económico. Cada propietario, operador o cliente comercial hace uso de su sistema semiótico siguiendo motivaciones económicas. Los operadores bajo el control de los propietarios crean y gobiernan Facebook como un sistema tecnológico. En un principio es regulado por diferentes autoridades políticas a escala nacional y regional, pero ninguna de ellas tiene el alcance o el poderío de Facebook. Cada uno de los actores descritos hace uso del sistema semiótico llamado Facebook de acuerdo a mecanismos económicos y políticos establecidos tales como la búsqueda de beneficio, la movilización política o la comunicación privada. Al mismo tiempo, como sistema semiótico Facebook ha introducido por su parte un mundo de nuevas prácticas. Es cierto que sus usuarios están sujetos a mecanismos sociales y psicológicos preestablecidos, pero algunas de las prácticas que ha hecho posibles son nuevas y acarrean consecuencias sociales y psicológicas severas.

La creación de una imagen pública mediante texto, audio, vídeo y vínculos a terceros, que antes era un privilegio de las grandes corporaciones, es accesible hoy para cualquier usuario de Facebook. Incluso cuando la audiencia de un usuario se reduzca en la práctica a la familia y los amigos, el alcance sigue siendo potencialmente global. En cualquier caso, que se pueda construir y modificar ininterrumpidamente la imagen pública de uno mismo en tantas y tan sofisticadas formas ha dado paso a condiciones de existencia que son fundamentalmente nuevas. Se da así en términos sociales (cómo y a quién se puede llegar en comunicación directa) y psicológicos (cómo nos vemos y construimos nuestra propia imagen). Claro está, los mecanismos y formas de representación simbólica más frecuentemente usados en Facebook no son producto de la creación del usuario medio, sino que están predeterminados tecnológicamente a nivel corporativo o preestablecidos socialmente por quienes marcan la tendencia. El usuario individual controla la práctica de crear contenidos simbólicos, pero dentro de las ya mencionadas estructuras semióticas, técnicas y sociales. De los mecanismos psicológicos y sociales dispuestos por Facebook pueden derivarse ciertos efectos como el uso obsesivo de su tecnología y condiciones psicológicas varias; como sistema semiótico Facebook únicamente las dispone y no puede ser considerado el causante, lo cual no debe disuadir de sus efectos o en contra de la necesidad de regular su uso.

Una segunda práctica de consecuencias sociales y políticas significativas provista por Facebook radica en la posibilidad de movilizaciones políticas, económicas y culturales a gran escala. A través de su red pequeños grupos de amigos están conectados entre sí, lo que facilita el traspaso de información y las llamadas a la acción “en tiempo real”. Huelga decir, como sistema simbólico Facebook solo predispone las condiciones técnicas de tales acciones; la formulación de mensajes convincentes y significativos dirigidos a un público receptivo corresponde a la práctica semiótica. Resulta pues equívoco tratar de explicar movilizaciones políticas de gran escala o acaso revoluciones como resultado de las nuevas tecnologías tipo Facebook. Los mecanismos semióticos de esta clase no tendrán efectos significativos en el mundo real si no se da primero la combinación de mecanismos sociales, políticos y psicológicos en un contexto de afinidad hacia mensajes políticos específicos. Dicho esto, aquellos mandatarios políticos que se sientan amenazados pueden intentar clausurar aquellos sistemas tecno-sociales capaces de facilitar la movilización de actividades de oposición.

Las derivaciones metodológicas

Un mismo sistema semiótico es compatible con toda la gama de relaciones sociales, desde la cooperación pacífica al conflicto violento. Los nacionalismos, por ejemplo, son a menudo responsabilizados por los actos violentos cometidos en su nombre aunque como sistemas semióticos tales implicaciones no sean necesariamente ciertas. Muchos nacionalismos son en teoría no violentos, y en lo tocante a la violencia, las doctrinas nacionalistas suelen ser más defensivas que ofensivas. Las causas de la violencia de corte nacionalista se ubican en la combinación de un nacionalismo con otros mecanismos políticos y psicológicos (Pickel, 2015). Ejemplos de esta clase ilustran el amplio abanico de consecuencias que pueden derivarse de los sistemas semióticos, particularmente en la medida en que sus usuarios se relacionan con otros sistemas. ¿Quiere esto decir que quienes menosprecian el papel de la cultura en los asuntos sociales y políticos están en lo cierto? ¿Es quizás la cultura un epifenómeno después de todo?

La concepción sistemista ofrece respuestas a esa cuestión: los sistemas simbólicos al margen de los sistemas sociales son de hecho epifenomenológicos, pero los sistemas semióticos -esto es, los sistemas simbólicos en conjunción con sus usuarios- no. Los sistemas semióticos conectan a los sistemas simbólicos con sistemas sociales reales; dicho de otra forma, los usuarios de un sistema semiótico, a su vez usuarios de numerosos y variados sistemas sociales, traen consigo sus sistemas simbólicos a aquellos sistemas sociales a los que pertenecen. En sí mismo, este hecho no termina de explicar si ciertos sistemas simbólicos inciden en sus sistemas sociales de acogida o en qué medida. Si se toma un lenguaje natural como modelo estándar de un sistema semiótico vigoroso vemos que juega un papel clave en la mayoría de los sistemas sociales, desde constituir el medio básico de comunicación y el origen de una identidad a su funcionamiento como depositario de la cultura nacional y de un metasistema semiótico. No obstante, como sistema simbólico en sí mismo, un lenguaje natural del que solo exista un hablante en un sistema social no tendrá incidencia alguna sobre este.

Puede parecer obvio, y pese a ello los sistemas semióticos predominantes del tipo de los lenguajes naturales no reciben la atención sistemática de las ciencias sociales. Incluso en estudios explícitamente orientados hacia aspectos culturales como los valores, las actitudes o las creencias, el papel de los lenguajes naturales como sistemas semióticos centrales a menudo es obviado. Es cierto que poco puede substraerse de analizar un sistema semiótico en aquellos casos en que coincidan el lenguaje natural adoptado por el investigador y el del sistema social de estudio. En la medida en que la investigación global de las ciencias sociales es traducida al inglés, la significación de utilizar este sistema semiótico para describir y analizar realidades sociales de diferentes lenguajes naturales debería tenerse en mayor consideración. Lo dicho es especialmente cierto en aquellas investigaciones llevadas a cabo por angloparlantes nativos sobre sistemas sociales donde se utilizan otros lenguajes naturales. Esta problemática ha sido recogida, pero continúa siendo ignorada o marginalizada en gran parte de los estudios comparativos (Wierzbicka, 2014).

Ya que nuestro principal objetivo no es la “idea de cultura” sino el nivel de concreción con que funcionan los sistemas y mecanismos sociales (por ejemplo, un régimen militar o la creación de beneficio), ¿existen razones para preocuparse por los sistemas semióticos? Dicho de otra forma ¿es necesario considerar los sistemas semióticos para extraer buenas explicaciones sobre cómo funcionan los sistemas sociales? La respuesta general indica que no todos los sistemas semióticos en uso en un sistema social determinado son importantes para su funcionamiento. Junto a estos, existirán sistemas semióticos clave sin los cuales el funcionamiento de aquel sistema social será imposible de explicar adecuadamente. Así, en lo tocante al desarrollo de un sistema social particular algunos sistemas semióticos en uso importan más que otros, y mientras que unos pueden serle irrelevantes otros juegan un papel crucial. Como por otra parte el interés fundamental de este trabajo continúa estando claramente limitado al área de la cultura, los sistemas semióticos están por defecto en el punto de mira de nuestro análisis. La concepción materialista de cultura expuesta aquí puede además posibilitar la inclusión de mecanismos no culturales -políticos, económicos, psíquicosen el análisis cultural-.

Conclusiones

Este trabajo ha propuesto una conceptualización de la idea de cultura como sistema semiótico que está anclada en la filosofía científica de Mario Bunge, particularmente en su perspectiva sistemista, también llamada sistemismo. La cuestión de qué es cultura se plantea precisamente en este contexto ontológico. Se han identificado elementos constructivos para una perspectiva y contexto sistemistas -en particular las categorías de sistema simbólico, sistema semiótico y sistema social-. Los sistemas semióticos son el vínculo central entre los sistemas sociales materiales y reales y los sistemas simbólicos inmateriales que engloban la mayor parte de los aspectos pertenecientes a la categoría de cultura. En la medida en que los sistemas semióticos son definidos como sistemas simbólicos en conjunción con sus usuarios, estos sistemas relacionan y combinan las dimensiones materiales y simbólicas y los sistemas reales y materiales con aquellos conceptuales. Ambos extremos reflejan la tensión ontológica elemental de toda perspectiva no reduccionista respecto a la idea de cultura. El concepto de “sistema semiótico” conforma un espacio ontológico claramente definido para desarrollar una concepción de cultura que no sea ni puramente social ni puramente simbólica.

En las experiencias subjetiva e intersubjetiva, los sistemas simbólicos aparecen como reales a nivel individual o colectivo. Es más, como usuarios experimentamos los sistemas simbólicos no solo como si fueran reales sino a menudo como cosas materiales; esta “realidad-ilusión” se plantea como tal únicamente desde la perspectiva filosófica particular del materialismo emergentista. En este punto realizamos una distinción entre los sistemas simbólicos inmateriales y sus equivalentes materiales en las mentes individuales y en los grupos sociales de usuarios. Aun así, tanto subjetiva como intersubjetivamente, y puesto que las experiencias simbólicas son hechos psíquicos y/o sociales, tal distinción es superflua. Las ciencias sociales deben, pues, de tratar las experiencias simbólicas como reales, si bien no así los sistemas simbólicos que les dan cabida. Esta distinción filosófica debería ofrecer una explicación compensatoria que permitiera analizar los procesos culturales como fenómenos simultáneamente materiales e inmateriales. De cara a entender cómo los sistemas simbólicos inciden en los sociales asumimos que los mecanismos psíquicos y sociales (y no las reivindicaciones simbólicas o logísticas) tercian entre cualquier sistema simbólico y la realidad social. Un sistema simbólico, como sistema inmaterial, no existe como tal, pero el hecho de que podamos pensar en él o referirlo como si existiera constituye un mecanismo semiótico fundamental capaz de convertir algo puramente simbólico en una realidad social -esto es, en la realidad social de un grupo determinado que comparte vínculos simbólicos- .

No existen hechos o realidades sociales en ausencia de sistemas semióticos. No obstante, la coexistencia y codependencia entre sistemas sociales y semióticos no suprime la necesidad de diferenciarlos. Un mejor entendimiento de los diferentes mecanismos y sistemas que contribuyen a la formación de los sistemas semióticos permitirá precisamente distinguir entre el caso de aquellos con gran incidencia en los sistemas sociales y aquellos otros en los que estos se vuelven prácticamente irrelevantes. La cuestión clave que se plantea en este momento es cómo los usuarios de un sistema semiótico particular se posicionan en un sistema social específico.

El uso de sistemas simbólicos representa un mecanismo semiótico esencial puesto que, en ausencia de mecanismos semióticos, los sistemas simbólicos no cuentan con elementos dinámicos propios. Sus propiedades -su contenido y lógica interna- existen sólo conceptualmente, no materialmente. No poseen realidad por sí mismos. Solo los usuarios, individual o colectivamente, tienen capacidad para convertir símbolos en realidad semiótica, lo que a su vez los transforma en componentes activos de los procesos sociales de los que participan. De esta forma los mecanismos semióticos activan los sistemas simbólicos en una realidad social determinada. La concepción de cultura planteada en este trabajo incorpora los tres tipos de sistemas y mecanismos: simbólicos, semióticos y sociales. Una concepción de cultura como la facilitada aquí no es un concepto, mucho menos una definición. La concepción propuesta aquí ofrece una ontología en un contexto sistemista más o menos consistente con los planteamientos preexistentes; la medida en que esta concepción de cultura como sistema semiótico pueda ser de utilidad deberá ser aún explorada.


1.

fn1 La definición de Bunge para el concepto de sistema es la de un “objeto complejo del que cada parte o componente está relacionado con al menos otro componente. Un ejemplo es el átomo, un sistema físico compuesto de protones, neutrones y electrones; [...] un razonamiento válido es un sistema de proposiciones que se mantiene unido por una relación de implicación y reglas de inferencia; una lengua es un sistema de signos que se mantiene unido por concatenación, significado y gramática” (Bunge 2003: 282).

2.

fn2Un Estado-nación es una sociedad moderna bajo un Estado territorial delimitado y es equiparable en nuestros días con el estándar de sistema sociopolítico global.

3.

fn3Los problemas asociados a estas “transferencias institucionales” ha sido ampliamente abordados en los debates sobre el desarrollo y transformación de las sociedades postcomunistas.

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